Tener un sitio fijo para el pijama parece un detalle pequeño, pero ahorra muchas búsquedas de última hora. Cuando llega la hora de acostarse y el niño ya sabe dónde está su pijama, todo transcurre con más calma. Además, esa pequeña rutina forma parte del final del día: coger el pijama, ponérselo y dejar la ropa del día en su lugar, sin prisas y sin discusiones.
Elige un lugar que el niño alcance por sí mismo: un cajón bajo, una cesta al lado de la cama, un gancho detrás de la puerta. Puedes decorar el cajón con un dibujo o una etiqueta con el nombre. Cada mañana, al levantarse, el pijama vuelve a su sitio, doblado o colgado. Al principio los niños necesitan un poco de ayuda, pero enseguida lo hacen solos con orgullo.
Cambiar con las estaciones
Con el paso del año, la ropa de dormir cambia. En invierno, un pijama de tela más gruesa; en verano, uno ligero o una camiseta larga. Revisa el cajón cuando cambie el tiempo y guarda lo que ya no toca. Deja a la vista lo necesario para la estación siguiente. Que el niño participe en el cambio: ¿cuál te apetece ponerte ahora? Es un pequeño ritual que marca el paso del año.
Prepara el pijama para la noche antes de la cena o del baño, encima de la cama o en una silla. Así, cuando llegue el momento, solo hay que ponérselo. Si hay varios niños, cada uno puede tener un color, una cesta o un gancho propio, para evitar confusiones. Los pijamas heredados de los hermanos también pueden guardarse en una caja aparte, para cuando llegue su momento.
Un poco de orden hace la noche más agradable. Revisa de vez en cuando qué pijamas quedan pequeños o están gastados, y cámbialos poco a poco. Deja un pijama de repuesto para los días de lavado o de imprevistos. Y no olvides que algo tan sencillo como un pijama suave y ordenado puede ser parte de una hora de acostarse agradable y sin prisas, y de una noche tranquila para todos.